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miércoles, 15 de diciembre de 2010

COLUMNA 85

COLUMNA
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Hoy, me publican en "El Mundo Cantabria" esta columna.
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Redes sociales
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Me gustan los recuerdos de la niñez porque no quedaron registrados en ninguna red social, en ningún correo electrónico, en ninguno de los miles de servidores que actualmente atesoran millones de datos personales. Y me tranquiliza el hecho de saber que ninguna policía del mundo podrá acceder a ellos.
Hoy en día todo el mundo se adentra en una red social, cualquiera envía sin ningún recato cartas de amor, mensajes o fotografías personales a través de Internet. Y quizá porque con ello pretendemos estar más allá de nosotros mismos; siempre en otro lugar, en otro momento. Quizá para crear una suerte de historicidad personal que nos salve de la muerte.
El caso es que el pasado 27 de octubre un joven anunció por Twitter su muerte; el joven filmaba el entrenamiento de un equipo de fútbol en la Universidad de Notre Dame (Indiana) desde un elevador, situado a 15 metros de altura. El viento de casi 100 km/h lo zarandeaba con ferocidad. A las 3.22 de la tarde tuvo la sangre fría de registrar en su cuenta de Twitter el siguiente mensaje: “Las ráfagas de viento son de hasta 96 km/h, así que el trabajo va a ser divertido. Parece ser que he vivido lo suficiente” y a las 4.06 se podía leer: “Dios Santo, esto es aterrador” El elevador se vino abajo y poco después el joven falleció en el hospital.
¿A qué reducen nuestra vida esas redes sociales? Al reemplazar la verdadera vida, la red social arruina nuestras inmediateces. La vida deseada es sustituida por una vida que se halla situada en un lejano servidor al otro lado del planeta, encerrada en una caja ignífuga, en un espacio virtual que tiene más de tumba que de álbum de fotos hogareño.
Más allá de la pantalla del ordenador está el servidor que almacena las aguas ilusorias de lo que queremos ser, de los amigos que queremos tener; más allá de la pantalla está la tumba virtual de nuestra vida sobre la que morimos poco a poco, anunciándolo.
Ya no sabemos si Facebook es el mero reflejo de nuestra vida o si es nuestra claudicante vida la que va a rebufo de todo ese conglomerado de fotografías y conversaciones que van apareciendo en foros, blogs y páginas personales.
Es el espectáculo de las redes sociales que se abren y se cierran en el vacío. Es el aterrador reflejo virtual de nuestra vida. La red ha iniciado su gran limpieza; la limpieza, para mejor dominación, de nuestras doblegadas y débiles subjetividades.
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Vicente Gutiérrez

miércoles, 27 de octubre de 2010

COLUMNA 84

COLUMNA
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Hoy me publican en "El Mundo Cantabria" esta nueva columna, que trata sobre el rescate a los 33 mineros de la mina de San José.
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Mineros
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Cuanto más me asomo a ver lo que echan por la tele más presiento que vivimos dentro de un confuso reality show, más sensación tengo de vivir dentro de un vídeo musical o de un gran parque de atracciones. Es como si todo, nuestra vida y nuestra nada, se hubieran convertido ya irremisiblemente en su propia representación.
Han ganado la guerra; el espectáculo es hoy en día un chocolate espeso en el que todos mojamos sin saberlo. Éste se infiltra ya en cada tragedia personal, en cada situación concreta de nuestra claudicante vida.
Y puede que la mejor forma de evidenciar esta victoria, a modo de corolario, sea la retransmisión del rescate de los mineros atrapados en la mina de San José. En muchas ocasiones el espectáculo nos aturde tanto que terminamos por confundir realidad y exhibición. El caso es que al ver esas imágenes hollywoodienses del rescate me acordé de “Radio days”, la magistral película de Woody Allen que describe la poderosa influencia de la radio en la sociedad norteamericana de los años 40. En una de sus historias se retransmite minuto a minuto el infructuoso intento de rescate de una niña atrapada en un pozo. Todo el país al completo se paraliza durante el transcurso de esa emisión.
En el caso de los 33 mineros unos 1000 millones de personas siguieron por TV e Internet el rescate. En un primer momento pensé que se trataba de una versión sudamericana del Gran Hermano; el minero número 8 a su salida al exterior da un largo y emocionado abrazo a su pareja con la que prometió que se casaría; el número 21, a quien esperaban una esposa legal y su amante, es recibido por la segunda con un beso y un abrazo, un letrero al pie de las imágenes reza: “Electricista. Casado. Dos mujeres reclaman ser su pareja”; a otro que había sido futbolista lo lanzan un balón firmado por no sé quién y éste lo chuta antes de abrazar a su hija... El presidente recibiéndolos a todos como un San Pedro sonriente que les abriera las mismísimas puertas del cielo. Y todo ello iluminado por un ejército de focos potentísimos.
Ya se ha dicho que tras ese infierno a todos ellos los espera otro tipo de infierno. Pero al margen de que decidan embarrarse en el chocolate televisivo y en la prensa rosa, es evidente que la realidad no está ya en ninguna parte, que todo es absorbido por su propio simulacro y que accidentes mineros seguirán siendo tantos como empresarios mineros sin escrúpulos.

Vicente Gutiérrez

miércoles, 8 de septiembre de 2010

COLUMNA 82

COLUMNA
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Hoy me han publicado en "El Mundo Cantabria" esta columna, sobre una peculiar teoría acerca del origen de la Humanidad.
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La Remonta
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Hablaré aquí de una teoría peculiar. Se trata de la desarrollada por el filólogo y prehistoriador Jorge María Ribero-Meneses y que asegura que el origen de la Humanidad se sitúa al lado de mi casa: nada más y nada menos que en la finca de la Remonta de Santander, en la zona conocida como Campogiro.
Para Ribero-Meneses aquel es uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo; la aparición de una estatua de Neptuno-Poseidón y el estudio de las palabras campo y giro le impulsaron a iniciar una investigación que concluyó asegurando que la civilización de Atlantis descrita por Platón se ubicó en aquel lugar y que allí se erigió un templo consagrado a Hércules Gerión.
Teorías acerca de la Atlántida las hay para todos los gustos pero la más pintoresca es ésta. Es sin duda un cambio de paradigma arriesgado y para muchos osado. De todos modos, al margen de su verosimilitud y su rigurosidad, esta propuesta posee un carácter poético innegable. No basta con que cada cual elabore su historicidad privada; las ideas, por muy disparatadas que parezcan, deben hacerse públicas, han de servir para poetizar la idea de nuestro origen.
En el fondo son propuestas unificantes que nos hacen ver la historia como algo flexible y que nos sugieren que todo pudo haber sido de otra manera. Claro que lo que una mitología de lo imposible exige debe entenderse como un canto a la libertad del ser humano, como una iniciativa apasionada y patafísica por abandonarse al espíritu romántico de esa búsqueda incesante del origen.
Y hablando de proyectos disparatados debo mencionar que actualmente la administración regional proyecta construir allí pisos de Protección Oficial y un gran complejo dotado de cines, comercios, parques infantiles, áreas deportivas, salas de exposiciones... Si en la Remonta no hubo nunca ningún templo consagrado a Hércules sí que al menos podemos asegurar que se convertirá en un templo consagrado a la actual especulación urbanística.
A pesar de los planes urbanísticos atroces, será hermoso pensar que al lado de tu casa surgió todo. Será el único consuelo que nos quede cuando lo veamos sepultado bajo aberrantes mamotretos.
Quién sabe, quizá en un futuro próximo se descubre que Ribero-Meneses tenía razón y que en la Remonta yacen restos atlantes así como el primer templo de la Historia de la Humanidad. Decía Dante que para la poesía todo lo bello es verdadero.

jueves, 22 de julio de 2010

COLUMNA 80

COLUMNA
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Aquí subo la columna que publicaron ayer en El Mundo.
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Home
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El pasado 12 de Marzo el grupo The Spanish Peasant –un interesante proyecto musical liderado por el cántabro Javi Lost- realizó la presentación oficial de su primer disco, Home –un álbum delicioso, dulce e intimista- en el Centro Cultural Doctor Madrazo de Santander.
Al inició del concierto una voz en off leyó un texto sobre el significado de la palabra casa, escrito con todas las ideas sobre las que los integrantes del grupo habían hablado cuando Javi Lost propuso Home como nombre para el disco.
Al finalizar la presentación Gema Martínez, la voz femenina del grupo, tuvo la genial idea de colocar en la entrada una cajita en forma de casa –que había construido ella misma con una caja de cartón mientras el resto del grupo hacía la prueba de sonido- e invitó a los asistentes a que escribieran en pequeños papeles qué significa casa para ellos. La respuesta fue masiva y calurosa.
En su página web www.thespanishpeasant.com, en la sección “¿Qué es para ti casa?”, puede consultarse una selección de estos versos. Pondré algunos ejemplos: “Mi casa está donde está ella…”, “Ruidos, conversaciones en cada habitación, pasos” o “Home es cuando tu casa no se diferencia de tu interior” Pero quizá uno de los que más llamó mi atención fue este: “casa=croqueta” Estos ejercicios de escritura anónima enriquecen un proyecto musical ya de por sí fascinante, ya que unen más a público y artista.
Porque Home invita ciertamente a eso; a adentrarse en la casa de un amigo por primera vez, a dejarse llevar, a sentirse a resguardo y protegido. Les aconsejo que compren este disco, se tumben en el sofá de aquella la que consideren su casa, a solas o acompañado, se relajen y se dejen envolver por ese hospitalario y original recorrido, tan influenciado por el folk norteamericano. Y mientras, se pregunten qué significa para ustedes la palabra casa.
Eso hice yo la primera vez que lo escuché y he aquí algunas de las anotaciones resultantes: casa es víscera; casa es huir; casa es convertirse en laberinto; casa es dormir fuera de casa; casa es pensar en el recreo; casa es oler el mar, olor a mar; casa es vecino; casa es resguardar el aire; casa es oír roncar; casa es marcas de alturas en las puertas; todas las despedidas son casas; casa es desnudarse, desanudarse; casa es aullido; casa es poder desobedecer…
¿Qué es casa para ustedes? Les invito a que, con ayuda de este disco, respondan.

viernes, 16 de julio de 2010

COLUMNA 79

COLUMNA
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Hace unos días me publicaron esta columna en El Mundo Cantabria.
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La espantá
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«Me faltaron huevos» afirmó, poco después de haber salido pitando en plena faena en la Plaza México, saltando de un brinco la barrera. Se trata del torero mexicano Cristian Hernández y su hazaña es ya uno de los videos más vistos en youtube. Y es que al diestro no se le ha ocurrido mejor modo de cortarse la coleta que improvisando una inesperada espantada.
Por supuesto que un matador debe estar hecho de valor pero en verdad creo que esta acción –poética y simbólica- encierra aún más valentía, si cabe. Se necesita mucho valor para salir corriendo y declarar después que le «faltaron huevos». Sobre todo teniendo en cuenta las burlas que se le echarían encima por parte de medio mundo. Incluso las amenazas. De hecho a la salida del recinto los aficionados más exaltados zarandearon su vehículo y le arrojaron botellas entre insultos y provocaciones.
Sí, ciertamente para ponerse delante de un morlaco se necesita mucho valor pero para hacer lo que Cristian ha hecho, también. Ese momento de torera inspiración es la transgresión definitiva de la hombría. Sólo él ha conseguido superar el coraje del torero, reinventarlo e invertirlo para mostrar su reverso cómico y chistoso. Él es ya el anti-torero al que muchos otros deberían imitar. Creo que ante profesionales así podría incluso aficionarme a los toros.
Sé que los puristas de la tauromaquia no coincidirán conmigo pero en mi opinión tal acción adquiere pleno sentido taurino. No ha ofrecido bernardinas vistosas, ni soberbios muletazos, ni excelentes estocadas, ni suertes supremas sino que nos ha dejado boquiabiertos con una majestuosa y enérgica espantá.
Hace unas semanas que en Las Ventas se vivió la situación inversa cuando un toro saltó la barrera, arremetiendo contra todo lo que se encontraba, dando un susto de muerte a los que ocupaban los burladeros del callejón, entre ellos el ex alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano. La espantada del toro tiene menos de transgresión y más de frenética y comprensible rebeldía, lo sé, pero me quedo con la espantada del hombre.
Aprendemos, en fin, que el torero que sale a la espantá también es una metáfora inversa del valor; que puede contener todas las formas posibles de la valentía y a la vez reunir en sí diversas especies de cobardía. Y lo más sorprendente es que puede pasar de unas a otras sin perder, como Cristian, su apariencia de torero.
Pues olé por su aparente falta de huevos
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miércoles, 2 de junio de 2010

COLUMNA

COLUMNA 78
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Hoy me publican en "El Mundo Cantabria" esta columna, sobre una isla que ha desparecido.
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Ni pa ti ni pa mí
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Me paro a veces a considerar el planeta donde vivo y lo veo como una acumulación inútil de guerras, catástrofes naturales y días aburridos. Me hablaba el otro día un amigo, en tono apocalíptico, de la “venganza de la naturaleza” Él cree que nuestro planeta es un ser vivo que nos va agrediendo poco a poco, con la misma intensidad con la que nosotros lo agredimos a él.
Puede que así haya sido desde siempre pero ahora va a resultar que fenómenos como el cambio climático y el consecuente aumento del nivel de las aguas de mares y océanos van a solucionar los conflictos políticos entre estados, las numerosas trifulcas diplomáticas que asolan al planeta.
Al parecer, una pequeña isla disputada por India y Bangladés -la isla New Moore según los indios o Talpatti del Sur según los bengalíes- ha desaparecido; los científicos no conocen aún las razones pero las imágenes satelitales y los pescadores de la zona así lo confirman, y advierten que desaparecerán más en esa región. Otro dato curioso es que esa isla había aparecido de la nada hace unos 40 años en el golfo de Bengala, tras el paso de un ciclón.
La naturaleza a veces recurre a soluciones salomónicas para dirimir, de forma pacífica, disputas de tal envergadura. La islita en cuestión, a pesar de medir tan sólo unos tres kilómetros y medio de largo por unos tres de ancho ya había despertado los deseos de los dos países debido a su posición estratégica, en la zona limítrofe entre ambos.
Estamos tan acostumbrados a relacionar fenómenos naturales con catástrofes y muertes que resulta esperanzador que sucedan cosas así; quién sabe qué guerras habrá evitado, cuántas vidas habrá salvado este simpático Ni pa ti ni pa mí de la buena de Gaia, que tiene mucho de regalo divino.
Claro que el ser humano es obstinado en sus ansias de poder y seguro que el enfrentamiento continúa en las profundidades. O tal vez sendos estados se hayan planteado la posibilidad de que la isla emerja de nuevo, cuando menos se lo esperen, más grande y lozana.
Me gusta pensar que la naturaleza ha decidido hacerla desaparecer para que no se repitan incidentes armados de talla internacional como el de la isla de Perejil. Quizá la Atlántida desapareció para eso. Quizá la isla de San Borondón aparece y desaparece para eso. De todos modos no estaría mal que todas las contiendas, disputas y discrepancias entre países tuvieran una solución similar.

miércoles, 12 de mayo de 2010

COLUMNA 77

COLUMNA
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Este lunes me publicaron esta columna en "El Mundo Cantabria". Describe el más reciente de los conciertos de "La Hermandad", un grupo de power metal de Cantabria.
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La Hermandad
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La Hermandad se formó en Santander hace ya seis años. Su estilo musical es una peculiar mezcla de heavy metal clásico y power metal melódico, nada reñido con lo comercial. Tras un año de aparente silencio regresa con nuevo vocalista para incendiar las salas de conciertos de toda España con los temas de su disco “Reflejos de Realidad II” Y hay otro en camino.
El pasado 23 de Abril acudí a la sala The New para escucharlos, con gran expectación pues se incorporaba un nuevo y enigmático vocalista: Tony Cobo. Acompañaban a Darksun en la gira-presentación de su último trabajo.
La Hermandad abrió fuego con un tema profundo y pegadizo: “Una vez más”. El sonido era puro y endiabladamente afilado. El volumen, feroz. La exaltación, hechizante y contagiosa. Y su cantante Tony Cobo demostró tener un carisma y una puesta en escena insuperables. Su voz, refinada y aterciopelada, me recordó al mejor José Andrea de Mago de Oz y me hizo volver a amar el género. El cantante y la banda parecían estar hechos el uno para el otro; su complicidad y coordinación me dejaron boquiabierto.
El espectáculo estaba garantizado: el vocalista se aferraba al micrófono como un enloquecido Hamlet a su calavera, zarandeándola en un delirante frenesí de aniquiladora energía. Me costaría mucho describir el torbellino de entusiasmo enfervorecido que invadió mi sistema nervioso cuando percutieron los primeros temas.
El sonido resultante, tan épico como torturador, tan original como penetrante, se endureció con temas célebres como “Grito al viento” o con historias repletas de melancolía como la narrada en “Prisionero de mi cuerpo”, dejando claro que el lirismo y la poesía no están reñidos con el heavy metal.
La descarga musical se sucedió sin que apenas hubiera tiempo para tomar unos tragos de calimocho entre canción y canción, inmersos todos en un ritmo satánico y espasmódico de contundencia letal.
Aún resuena en mi cabeza el eco salvaje de aquella noche; tanto la ternura trágico-dramática de sus letras como su desgarrada vitalidad. Celebro ese renovado furor, esa agresividad sana y entusiasta.
Es La Hermandad de nuevo, una de las bandas más impactantes de nuestra región, dispuesta a seguir dando caña hasta el mismísimo día del Juicio Final.
Prepárense para sobrevivir al Apocalipsis escuchándoles, pues sus acordes seguirán aporreando en las apacibles puertas del Cielo para el resto de la eternidad.

martes, 27 de abril de 2010

COLUMNA 76

COLUMNA
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Hoy sale esta columna, sobre mi barriga.
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Mi barriga

El otro día un colega mío, profesor también, me preguntó con cierto rubor: “Oye, tú cuando das clase… ¿cómo llevas lo de meter barriga?” Y es que al hombre que empieza a crecerle la barriga le da mucho reparo eso de mostrársela a los demás. Mi barriga vino hace unos meses sin yo pedírselo. Y no se va, la muy cabrona. En el hombre la barriga remite a una simbología anhelante, a ese embarazo psicológico que tanto ansiamos, a esa curiosidad biológico-mística de poder engendrar un nuevo ser. Por eso la barriga masculina es irónica y socarrona, porque remite a una imposibilidad trágica. De modo que uno va embarazándose de muchas cosas; problemas, hipotecas, estrés, pleitos, amores… de todo menos de un nuevo ser humano. Son los crueles y únicos embarazos a los que tiene acceso el hombre, son esos embarazos que la naturaleza nos otorga como ridículos premios de consolación. Una vez vi a un hombre sentado en el banco de un parque mirándose la barriga, abrazándosela como si portara allí su descendencia. Incluso me pareció verle decirse cosas a su barriga. Le comprendo. Contemplo mi barriga y es que la barriga empieza ya a verse con más claridad que la propia vida, empieza a sentirse con más pábulo que la muerte. Uno observa con impotencia su crecimiento lento y desalmado. Por ese crecimiento repentino de la barriga comprendo que ha transcurrido el tiempo; es un reloj visceral. La barriga también marca una frontera corporal, la ambigüedad de mis límites, los lindes de lo que soy. Está bien que todos los bártulos de nuestra biografía se vayan depositando poco a poco, no en el cerebro como creía Freud, ni en el corazón como pensaban los románticos, sino en la barriga. La barriga, sí, como una forma paradógica de desaparición ya que nos va robando cada vez más protagonismo. La barriga, como un falo que ante los demás escondemos pero que en soledad dejamos suelta y liberada. La barriga, como airbag metafísico que nos protege de no sé qué fantasmas, de no sé ya que golpes. Inconscientemente uno le coge cariño a su barriga, sea firme o flanera, recien nacida o homersimpsoniana. Hay un momento en que la barriga empieza a convertirse ya en nosotros. ¿Mi barriga me está engordando a mí o soy yo el que engorda a mi barriga?
Finalizo esta columna acariciándome con la otra mano la barriga y sintiendo que iniciar una dieta de adelgazamiento preveraniega tal vez tenga algo de crimen

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martes, 30 de marzo de 2010

COLUMNA 75

COLUMNA
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Este lunes me publicaron esta columna en "El Mundo Cantabria" sobre el colectivo de músicos Musincon. También abarca la problemática de la música en directo.
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Musincon
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Una ciudad sin música en directo es una ciudad sin transgresión, una ciudad sin ciudad. Más allá de los proyectos efímeros de animación cultural urbana existe el presente, el tedioso día a día. Más allá de la fiebre uimpeana veraniega existe el frío y húmedo invierno santanderino; más allá de las grandes fundaciones existen las jams recogiducas, los conciertos esporádicos, las reuniones improvisadas de músicos y poetas.
Si. La música en directo va más allá de las fotos en los periódicos y las capitalidades culturales interplanetarias. Y siempre, la verdadera cultura, la verdadera bohemia, ha existido en zonas de opacidad, sin el apoyo institucional, sin su sacrosanto consentimiento.
Y en defensa de la música surgió en nuestra región, hace ya varios meses, Musincon –que proviene de Músicos Sin Conciertos–, un colectivo de artistas cántabros que denuncia los férreos reglamentos y los requisitos excesivos que impiden a los pequeños y medianos locales ofrecer música en directo. Algunos de sus objetivos son el de potenciar el aumento de espacios para la creación y las actividades músico-culturales. También se centran en concienciar de la importancia de la actividad artístico-musical y su relevancia social.
La cultura, sobre todo la musical, nace también en los bares y las calles, sin que tenga que aparecer la policía para amedrentar o poner multas; nace en esas ignoradas zonas de opacidad y es precisamente ahí, donde no se espera que aflore, justo en esos territorios cotidianos reservados supuestamente para otros fines más lúgubres y anodinos, donde estas actividades culturales reafirman más su necesidad e importancia.
Musincon pide por ejemplo que existan locales de ensayo, así como una mayor permisividad para la realización de actuaciones musicales de pequeña y mediana escala.
Creo que las leyes están para adaptarse a la realidad, dentro de unos límites razonables, y no al revés. De nosotros los ciudadanos, eligiendo a nuestros representantes, depende que construyamos una ciudad adaptada a unas normativas caducas, simples y restrictivas, o bien que logremos que éstas se flexibilicen y amolden a una sociedad cada vez más rebosante de grupos musicales con necesidad de mostrar su creatividad.
La cultura musical también nace en esas imprescindibles zonas de opacidad; en el bar y en la playa, en la fábrica y en la caverna, en la fiesta y en la orgía
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lunes, 22 de marzo de 2010

COLUMNA 74

COLUMNA
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Hoy me publican en "El Mundo Cantabria" esta columna, sobre la nueva colección La grúa de piedra.
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La grúa de piedra

Cada vez hay más colecciones de poesía en nuestra región. Las hay de todos los colores; tendenciosas y abiertas, independientes y subvencionadas, humildes y ambiciosas. Esto es bueno porque significa que la poesía se renueva, se plagia, se imita, se reinventa, se confronta, está viva y es siempre poesía más allá de los eventuales enfrentamientos.
Pues a todas las colecciones poéticas existentes debemos añadir una más: 'La Grúa de Piedra', dirigida y editada por Luis Alberto Salcines, de quien todos conocemos su incansable labor como dinamizador e impulsor de la cultura en sus vertientes pictórica, escultórica y poética.
Uno de sus proyectos –por mencionar el que más ha prodigado a nivel nacional la obra de algunos de los poetas cántabros más representativos- fue la edición en 2005 de una antología en la colección de poesía Devenir en la que colaboró la Fundación Gerardo Diego; creo que un poeta no hubiera podido aglutinar a creadores tan diversos e incluso, tan enfrentados.
Si en Cantabria existieran 4 salcines –o 4 manolosarce o 4 charlycharlones- hace tiempo que Santander ya se hubiera convertido en Capital Europea de la Cultura, o en la Atenas de Pericles.
No tengo nada en contra de las colecciones de poesía dirigidas por poetas pero en este caso, el hecho de que 'La grúa de piedra' esté timoneada por un lector-conocedor de poesía como él, le otorga una objetividad estética muy vigorizante.
'La grúa de piedra' ha comenzado su andadura de la mejor forma que podía, con un poemario de Angel Sopeña. A este exquisito 'Nuevos retales del sastre (2002-2008)' le ha seguido 'Memoria para seguir un rastro', de Ana García Negrete. Y le seguirán los poetas Fernando Abascal y el joven Marcos Díez Manrique. Pero otra de sus virtudes es que no se circunscribe a lo regional; prueba de ello será la publicación de un libro inédito de un autor esencial en la poesía española como es Jorge Riechmann. Conectar la poesía que se escribe en Cantabria con la que se escribe fuera es algo muy esperanzador y revitalizante.
Salcines, con toda su sabiduría de pedagogo y sus conocimientos de lector tenaz, afina la puntería y apuesta por un proyecto poético que, a diferencia de muchos otros, tiende más a la universalización de lo local que a la regionalización de nuestra regionalizante poesía regional.
Aunque no lo parezca, la cultura de la humanidad crece también al costado de los poetas.

viernes, 5 de febrero de 2010

COLUMNA 73

COLUMNA
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Hoy viernes, me publican en "El Mundo Cantabria"
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Nada
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Yo soy el que se encierra cada mañana en su cocina para desayunar, y preparando el desayuno también va preparando mentalmente una columna, algún poema o algún post. Escribir una columna o preparar el desayuno dan lo mismo. Y soy el que machaca ideas, el que tritura ideas que luchan por convertirse después en columna, en versos o en el capítulo inacabado de alguna inacabada novela.
Pero hoy, al ir a hacer el zumo, se ha estropeado la batidora y tal vez esto -cosas de la psicomagia- haya provocado que también se me estropeara la batidora literaria. Es la primera vez que me pasa. Tal vez uno ha ido machacando muchas ideas ya, tal vez sea un mal día. El caso es que es el primer gatillazo literario de mi vida, cosa que me sorprende pues siempre escribo con relativa facilidad. Otra cosa es corregir, pulir, adecentar… pero basta con hojear la prensa, observar las cosas y los animales o hablar con alguien de algo para darse cuenta de que en todo hay un poema, una columna periodística o una novela, negra, casi siempre.
Soy el que captura todo, el que describe por gusto lo que vive o lo que sufre, pero hoy no me apetece escribir acerca de nada. Esto es lo que nos pasa a los que hemos hecho de nuestra cotidianidad una cruzada, un proyecto de papel.
Tampoco me fuerzo, ni siquiera en detallarles este hecho, pero he aquí que de repente el vacío de Cioran, la náusea sartriana, la nada metafísica y la inhospitalidad del mundo heideggeriana se han abalanzado sobre mí con especial ferocidad.
La nada de uno es vanidosa y presumida y también exige salir en la foto. De todos modos mejor hablar de la nada que nos rodea que de terremotos, crisis económicas, guerras, epidemias o secuestros.
Esta está siendo una mañana deliciosa. Hoy, a mis lectores, les ofrezco mi nada y es que la nada empieza a verse ya con más nitidez que la vida y sus enseres. Soy ahora el cronista del vacío. Mi escritura es también un trajín de naderías. Escribir es capturar el mundo a través de sus resplandores imperceptibles.
Nunca he sido un escritor forzoso; todo fluye aquí dentro, todo atraviesa mis ojos y cae hecho palabras. Pero esta misma mañana no me apetece hablar de nada ni de nadie, ni siquiera de mí, aunque de alguna forma lo haya hecho. Como digo, suele pasar.
En fin, días en los que no funciona la batidora literaria; días sin ganas de escribir acerca de algo, ni de morder siquiera una manzana.

Vicente Gutiérrez

martes, 2 de febrero de 2010

COLUMNA 72

COLUMNA

He aquí la columna de ayer, sobre el turismo occidental.

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Turismo
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Egipto, 2009. Entrábamos en fila, agachados y a toda velocidad. A nuestra izquierda otra fila de turistas sudorosos y fatigados avanzaba más lentamente en la misma dirección pero sentido opuesto. Descendimos por un túnel hasta llegar a uno un poco más ancho y recto tras el cual se iniciaba un nuevo túnel en sentido ascendente. La gente se reía, otros gritaban exaltados, y había quien presa de la claustrofobia, daba marcha atrás y se unían a los que salían. No tardamos en llegar a la gran sala mortuoria en la que no había vigilantes y en la que todo el mundo se hacía fotografías, aún estando prohibido. A nuestra derecha se encontraba el sarcófago de Kefren, rebosante de turistas que se introducían en él para tomar más fotos, imitando las posturas de los faraones momificados.
Me hubiera resultado cómico de no ser porque advertí cierta profanación en todo eso. ¿Qué pensarían los sacerdotes de entonces? Somos muchos a los que nos gustaría viajar de forma libre y solitaria, a pesar de los posibles robos y diarreas. Creo que el viajar sería mucho más virgen y auténtico sin pasaporte ni cámaras fotográficas, sin autobuses ni aviones. Incluso sin dinero. También sería más trascendente si lo que vemos y tocamos en los viajes se lo llevase el tiempo.
Pero por mucho que uno callejee por zonas no controladas por las agencias turísticas o que uno pretenda adentrarse en los rincones inexplorados de un país nada evitará que en el fondo sea un turista occidental más, obligado a pasar por ciertos aros burocráticos; rutas guiadas, hoteles de lujo o restaurantes con agua embotellada...
Lo lamentable es que ni siquiera tratamos de sentirnos aventureros en nuestro propio barrio. Olvidamos que uno podría visitar un barrio cercano a su casa con la misma curiosidad y el mismo entusiasmo con el que visita un barrio cairota.
Llevo varios años viajando como un turista más. Es lo que siempre he sido en cualquier lado: un simple turista. Y siempre me ha interesado ese fenómeno, el del turismo y todo lo que conlleva. En todo eso hay una sociología peculiar y cercana.
Pero tampoco trato de obtener de mis viajes consecuencias sociológicas sino vitales. Ah, si pudiera uno viajar sin rutas prefijadas, sin miedos y sin la necesidad impuesta de la cámara de fotos, con la satisfacción de que no quede nada registrado. Quizá así la memoria -lo único que somos- lo absorba todo con más voracidad.


Vicente Gutiérrez

viernes, 22 de enero de 2010

COLUMNA 71

COLUMNA
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Hoy me publican en "El Mundo Cantabria" esta columna anti-SGAE.
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Más SGAE
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Leo asombrado la siguiente noticia: la SGAE obliga a las peluquerías de Cataluña a pagar un canon por poner la radio en sus establecimientos para entretenimiento de clientes y empleados; exige pagar seis euros mensuales a los salones pequeños, de menos de 50 metros cuadrados, y doce euros hasta los de 100 metros cuadrados.
Lo primero que me viene a la cabeza es una rima de la canción “Estamos rayados” del rapero Xhelazz: «A la SGAE le gustaría cobrarle a la luna, solo por tener forma de CD» Y tal y como van las cosas parece que muy pronto lo hará.
La reacción de los peluqueros no se ha hecho esperar: han iniciado una campaña en la que además de asegurar que no van a pagar el canon piden a sus clientes que acudan con su propia música para evitar el pago del impuesto, cosa que me parece una idea estupenda.
Por supuesto que es totalmente injusto exigir un tributo por tener la radio puesta en tu negocio pero también considero injusto el hecho de que los clientes tengamos que aguantar un tipo de música que no nos guste. No es lo mismo que te corten el pelo y que te tomen el pelo. ¿Alguna vez su peluquero les ha preguntado qué quieren escuchar? ¿Se imaginan que en un restaurante les hicieran comer lo que a los dueños les viniera en gana? ¿O que en una tienda de ropa les obligasen a comprar unos zapatos que les quedan demasiado pequeños?
Tengo que reconocer que eso de entrar a un establecimiento, sea un bar, una peluquería o una tienda de ropa, y encontrarme con determinada música sonando siempre me ha disgustado. He llegado incluso a abandonar establecimientos por cosas así. Para mí lo que escucho es tan importante como lo que como. Detesto igualmente la comida-basura como la música-basura. Me indigestan, me sientan igual de mal. Escuchar los Cuarenta Principales en una peluquería me molesta tanto como cuando alguien está fumando a mi lado y me obliga a respirar sus malos humos.
Pero como no hay mal que por bien no venga, al final va a resultar que si prospera la propuesta de la SGAE de cobrar un canon en las peluquerías y sus dueños opten por dejar de tener sintonizadas determinadas emisoras de música comercial, algunos humildes clientes vamos a dejar de aguantar determinada música-basura mientras nos cortan el pelo.
En ese caso podremos gozar plenamente del silencio o de nuestra propia música, en nuestro propio mp3, sin molestar a nadie ni ser molestados.

Vicente Gutiérrez

miércoles, 13 de enero de 2010

COLUMNA 70

COLUMNA
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El fin de semana pasado publicaron esta columna. Espero que os guste.

Huir
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Ya han pasado la Navidad. Por fin. Uno ya puede salir de su trinchera personal, asomar la cabeza sin miedo a ser disparado por malévolos francotiradores, y dejar de fingir que se está muerto… Como suele ser habitual muchos han sido los artículos, columnas o comentarios radiofónicos dedicados durante todos estos días a la Navidad, en un sentido u en otro.
Todos –o casi todos- estamos más o menos hartos de los atascos en ciudades y centros comerciales, de la lucecitas que adornan las avenidas, de los villancicos que suenan en todos los establecimientos, del hecho de tener que estar feliz por decreto ley, de la obligación de tener que regalar y la tristeza de no recibir ningún regalo de aquellos que –sin saber por qué- lo esperabas… Todas esas cosas que con los años nos van cansando cada vez más.
Pero el fenómeno que más curiosidad despierta en mí, y este año más que los anteriores, es el de los valientes que huyen de la Navidad; me refiero a huir físicamente.
Al comienzo de estas fiestas un compañero de trabajo nos preguntó a los demás: “¿Sabéis de algún sitio al que pueda ir para no enterarme de la Navidad?”. “Sí.”, respondió uno al instante, como si tuviera preparada ya la respuesta, “a mí el año pasado me fue bien en Cuba. Ni me enteré.”. Y otro de nuestros compañeros añadió: “Yo el año pasado fui a Túnez, pero por desgracia en el hotel en el que me alojaba celebraron la Nochebuena… así que no te lo aconsejo.” Y otro algo más drástico nos confesó que en unos días se refugiaría en Estambul.
No es mala idea, eso de irse en esas fechas. Claro que los que no recurrimos a ese tipo de exilios esporádicos hacemos lo que podemos y resistimos encerrados en nuestra propia casa.
Las Navidades están hechas de vacío y meteorología; es un postizo lumínico que le añadimos al calendario hace ya mucho tiempo. Y la Navidad, de nuevo, ha barnizado estos días la vaciedad de la Navidad. Todos hemos estado un poco perdidos en ella y lo que aflora en nosotros es la necesidad de huir. De modo que huimos de la Navidad como quien huye, temeroso, de su propia infancia, sin pretenderlo y muchas veces sin conseguirlo.
Entre los variados obsequios de esta pasada Navidad hemos aprendido alguna cosa. Por ejemplo, a huir -ni una débil verdad, ni un leve encuentro-; huir en nuestra propia búsqueda.
Lo dicho, ha acabado el combate. Ya podemos ponernos de pie y prepararnos para la próxima batalla.

Vicente Gutiérrez

viernes, 18 de diciembre de 2009

COLUMNA 68

COLUMNA
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El otro día APEMEV organizó un acto sobre la Educación Vial en mi centro de trabajo, y en esta columna que publican hoy en "El Mundo Cantabria" cuento cómo fue la experiencia.
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APEMEV
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Según la DGT 29 personas fallecieron y 12 resultaron heridas de gravedad en las carreteras españolas durante el pasado puente. Las causas: lo habitual; la velocidad y las distracciones. ¿Cómo frenar esto?
Un amigo me dijo que si cada 2 kilómetros colocasen un coche siniestrado en los arcenes de las autopistas nos tomaríamos en serio el hecho de conducir. Por supuesto que la Educación Vial en las escuelas es indispensable, además de las muchas campañas de la DGT en los medios de comunicación. Pero quizá el método más efectivo sea el cambio actitudinal a través de la sensibilización.
Los conductores somos adultos y conocemos las normas de circulación. Entonces, ¿por qué siguen ocurriendo accidentes? Por desgracia hay accidentes que no dependen de nosotros pero muchos otros sí: no ponerse en cinturón en un trayecto corto; cambiar un CD por otro; ir “un poco” más rápido de lo permitido; tomarse una “copita” antes de conducir; acelerar en las proximidades de un paso de cebra al que acceden peatones… ¿Quién no lo ha hecho? ¿Por qué, a medida que pasan los años, nos confiamos más y más al volante? ¿Es que no somos del todo conscientes de que podemos morir, matar o herir de gravedad a otras personas?
Hace ya tiempo que APEMEV, una asociación integrada por una veintena de profesores y policías, lleva realizando actividades encaminadas a luchar contra los accidentes de tráfico. Uno de sus proyectos educativos más recientes e interesantes se ha centrado en la población adulta -visitando los Centros de Adultos de Cantabria- que es la que sirve de modelo de referencia a los menores de edad. Y es por eso que el mes pasado esta asociación acudió al Centro de Adultos de Santander con un proyecto que integra la presentación de estadísticas relacionadas con accidentes, la narración por parte de dos agentes de tráfico de su experiencia ante un siniestro, la representación de una obra de teatro de “concienciación" y –en mi opinión la parte más sensibilizadora- la explicación, por parte de dos personas –lesionadas medulares- víctimas de un accidente de tráfico, de los cambios que se han producido en sus vidas.
El haber asistido a este acto me ha hecho recapacitar y darme cuenta de lo mucho que está en juego; no merece la pena jugarse tanto por cambiar un mero CD, sintonizar una emisora o ir más rápido de lo permitido, por muy seguros que nos sintamos en los coches de ahora.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

COLUMNA 67

COLUMNA
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Este pasado domingo me publican esta columna. Un abrazo a todos.
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Olas negras
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Sucedió a finales del año 2002. Estábamos desayunando. Yo me encontraba mojando en leche una galleta. Ella había puesto más leche a calentar. Desde que ella se había levantado aún no había abierto la boca, ni siquiera para darme los buenos días. Parecía aterrada.
De pronto, musitó con voz temerosa: "No sé si contarte algo". Al oírla decir eso me asusté pensando en lo peor, de modo que me quedé callado mirando cómo la galleta que había introducido en mi tazón de leche se iba disolviendo lentamente. "Todavía estoy alucinando…”, añadió. La miré fijamente, indicándole con la mirada que me dijera cuanto antes lo que tendría que decir.
"He tenido un sueño", dijo de repente. Y agregó: “Un sueño terrible“. Aquello me tranquilizó bastante. Le pedí que me lo contara y ella accedió.
He soñado que me encontraba ante el mar y que lo veía todo negro. Ante mí había unas olas inmensas, también negras, que zarandeaban violentamente a pequeñas embarcaciones que desaparecían destrozadas. Y esas olas negras caían sobre mí cubriéndome e impidiéndome respirar, manchando todos los rincones de la pequeña ciudad en la que me encontraba...
Se trataba de una simple pesadilla. No era más que eso, así que continué devorando mis galletas, mirando fijamente –tal vez en un afán por quitarme el mal sabor de boca que me había dejado aquella visión- el blanco acogedor de la leche de mi taza. Pero a ella todo aquello pareció afectarle muchísimo. Le intenté tranquilizar quitándole importancia al suceso pero ella creía ver en ese sueño algo personal y maléfico, algo así como un significado catastrófico.
Dos días después nos encontrábamos desayunando en la cocina. Durante ese tiempo no volvimos a hablar de aquella pesadilla tan angustiosa. Aquella tarde teníamos la televisión encendida. Apenas la prestábamos atención. No recuerdo sobre qué estábamos charlando pero de pronto ella exclamó: "¡Calla, calla!", acercándose a la televisión con los ojos abiertos como platos. En ese momento daban una noticia demoledora: un buque petrolero
había sufrido un accidente en medio de un temporal mientras transitaba cargado con 77.000 toeladasd de petróleo frente a la Costa de la Muerte, quedando a la deriva con olas de 6 metros y vientos de fuerza 8. La noticia iba acompañada de unas impactantes imágenes de la marea negra provocada por el vertido.
Nos miramos uno al otro, paralizados. No dijimos nada.

Vicente Gutiérrez

miércoles, 25 de noviembre de 2009

COLUMNA 66

COLUMNA
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Hoy me publican en El Mundo Cantabria, con motivo de la última exposición de la Galería del Este, esta columna sobre uno de los artistas cántabros más sinceros y absolutos: Carlos San Vicente.
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Carlos San Vicente
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Aquel que visite estos días la Galería del Este podrá disfrutar de algunos de los muchos retratos a famosos realizados por Carlos San Vicente, así como de parte de su obra abstracta.
Carlos San Vicente es un artista polifacético; aparte su gran maestría para realizar los más intensos retratos, todos conocemos sus facetas como escritor, pintor, diseñador y actor. Los artistas de hoy en día están perdidos por eso, porque toman sólo un camino. San Vicente es la explosión creativa, el arte llevado a la vida cotidiana: un artista total.
Estos retratos suponen un recorrido por los rostros de las últimas generaciones de famosos, famosos actuales de toda índole. Poseen la peculiaridad de estar firmados por los propios retratados y algunos contienen frases dedicadas al retratista. Esto, por supuesto, dimensiona la obra, dándola más corporalidad pero además, para que estos retratos hayan sido firmados por el retratado, San Vicente ha tenido que “ir en su busca”, recorriendo para ello conciertos y conferencias, hoteles y camerinos, generándose así multitud de situaciones que él tiene bien documentadas con fotografías y escritos. Toda una sociología de los comportamientos de los famosos y de la férrea burocracia que les rodea.
Pero claro, Carlos San Vicente accede a ellos con el salvoconducto de su talento. Los famosos están hartos de paparazzi y “periodistas” de programa del corazón. A todos ellos les desconcierta –para bien- un artista que les solicita un autógrafo en un retrato bien hecho, y no en una gorra, una camiseta o un disco.
El proyecto crece a pasos agigantados y da la sensación de que a Carlos San Vicente se le escapa de las manos. ¿Por qué retrata a personajes como Beckham, Barbra Streisand, Paco de Lucía, Woody Allen o Jiménez del Oso? Yo creo que se decide a retratar rostros de famosos para humanizarles, haciéndoles descender del púlpito de su mito y adentrarse en esa dualidad. En ese sentido Carlos San Vicente es la contrapartida del pintor oficial de reyes, nobles e infantas. Por otro lado nos arroja a la cara, dignificados, los rostros visibles de toda la sociedad del famoseo y el espectáculo que, nos guste o no, es la que nos rodea. De ese modo nos define el mundo que vivimos.
Este es su personal homenaje al olivar frondoso de los rostros de la historia, una Historia que él va “cronificando”, como un Warhol travieso, a su manera.

viernes, 13 de noviembre de 2009

COLUMNA 65

COLUMNA
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Hoy me publican esta columna en "El Mundo-Cantabria". Se trata de una variante del llamado BookCrossing: el ParaguasCrossing.
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ParaguasCrossing

Hace unos años estuvo de moda el llamado BookCrossing; la práctica de dejar libros en lugares públicos para que otros los recojan, lean y vuelvan a abandonar; al libro se le añade una etiqueta en la que se invita a entrar en la web de BookCrossing para describir el hallazgo. Aquel que lo encuentre puede registrarlo con un número identificativo y así quedará archivado en una base de datos.
Si les soy sincero nunca practiqué el BookCrossing; ni en el sentido de abandonar libros por ahí ni en el de tener la suerte de encontrármelos. Pero sí que me ha pasado algo similar con otro tipo de objetos, quizá más poéticos: los paraguas.
Sin ir más lejos, el otro día estaba haciendo unos recados por la ciudad. Llovía. Afortunadamente portaba un viejo paraguas, negro, ajado, con las varillas torcidas y el mango desajustado. Al entrar en una tienda lo deposité en el paragüero de la entrada y antes de abandonar el comercio lo recogí, con cierta prisa. Una vez fuera, al elevarlo, reparé en que el mango estaba totalmente rígido y además disponía de un botón a la altura del dedo gordo. Lo accioné. De pronto el paraguas se desplegó como revivido por algún extraño conjuro. Observé asombrado que no tenía ningún desperfecto, su superficie era enorme y las varillas estaban perfectamente tensadas.
El desconcierto me impidió durante un rato darme cuenta de que me había equivocado de paraguas. Y en vez de dar marcha atrás y devolverlo decidí seguir avanzando, guarecido bajo su confortable protección.
Nunca me había parado a pensar en eso pero en toda mi vida siempre he usado paraguas que he encontrado o hurtado –involuntariamente- en todo tipo de lugares, paraguas que perdía poco tiempo después. De hecho éste último también lo extravié.
Lo del BookCrossing está muy bien pero de todos los objetos que nos rodean en la sociedad actual el que más se presta a ser abandonado y recogido –en Cantabria sobre todo- es sin duda el paraguas. Ese maravilloso objeto representa más a Santander que la Torre del Oro sevillana y los caretos de San Emeterio y San Celedonio juntos.
Ignoro si ya existe algo así –en algunas ciudades europeas lo hacen con las bicis- pero estaría bien liberar paraguas en las calles para que sean recogidos y usados por otras personas, asignándoles un número de registro y una etiqueta en la que anotar comentarios.
Contribuyan, pues, al ParaguasCrossing con su mejor paraguas.

Vicente Gutiérrez

lunes, 26 de octubre de 2009

COLUMNA 63

COLUMNA
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He aquí la columna que me publicaron la semana pasada, sobre un tipo de gripe muy peculiar...
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La gripe F

Hay una nueva gripe en la ciudad, una gripe de la que tal vez no se hagan eco los medios de comunicación. Hablo desde la experiencia del que la ha padecido. Pero no se alarmen, es una gripe inofensiva, creo. El caso es que llevo unos días encontrándome mal, bastante mal. Pensé en la Gripe A, algo inevitable dada la alarma levantada por la televisión.
Alarmado, comparé los síntomas que he padecido con los que provoca la célebre Gripe A y nada, no coinciden. Estos síntomas son, en líneas generales los siguientes: primeramente dolor en la garganta seguido de dos días de mucosidad y congestión nasal, todo ello aderezado con cierto dolor en los ojos y varios días de fiebre no muy alta. Durante ese periodo reconozco que me acojoné. Tengo la Gripe A, pensé. Pero no. Lo he descartado por completo. Es que no doy una; uno ya no coge ni siquiera una gripe famosa. De todos modos no me acabo de enterar de qué demonios es eso de la gripe A.
Pero el otro día, haciendo uso del funicular del Río de la Pila de Santander, escuché a dos mujeres hablar. Una de ellas le describía a la otra sus malestares; eran los mismos que los míos. Por otro lado, varios conocidos míos –usuarios asiduos del funicular- me describieron molestias similares. Tras darle muchas vueltas al tema llegué a la conclusión de que he padecido un tipo de gripe singular, aún no catalogada, que las potencias internacionales han pasado por alto y que tal vez haya producido más muertos que la gripe estacionaria, quién sabe; una pandemia que yo he dado en denominar gripe F, es decir: la gripe contagiada en el funicular de Santander.
Todo santanderino ya conoce el funicular –también llamado ascensor- en cuestión. El cacharro es una mezcla de urna gigante, solarium desmontable y cámara de vacío en el que caben unas 20 personas apretujadas. Los días calurosos y soleados se convierte en una sauna móvil y los días otoñales de insistente lluvia en un acuario humano. Por no mencionar la posibilidad de quedarte atrapado en su interior. Un lugar ideal para contagiarse de cualquiera enfermedad vírica, en especial de la gripe F.
Qué triste es tener que conformarse con una gripe doméstica, comarcal, -intuyo que incluso vecinal- como la gripe F. Por suerte creo que ya estoy recuperado.
Aprovecho para lanzar desde aquí una súplica a todos aquellos que crean estar contagiados por la temible Gripe A para que no peten el funicular.

sábado, 10 de octubre de 2009

COLUMNA 62

COLUMNA
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Hoy me publican esta columna sobre un amigo que no se llama Andrés...
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Andrés
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Paseo con mi amigo Andrés por la playa; la playa siempre es fascinante, a cualquier época del año. Andrés estudió conmigo en la universidad. Es, por lo tanto, licenciado, pero no ha encontrado aún trabajo estable, ni siquiera algo relacionado con sus estudios, cosa que le desespera.
Andrés está cansado de trabajos esporádicos que no le gustan. Actualmente trabaja en un quiosco. Hoy le encuentro tranquilo y afable aunque un poco desbarajustado.
Andrés es de una lucidez asombrosa. Nos descalzamos, remangándonos las perneras de los pantalones para sumergimos en el mar hasta las rodillas e iniciar así un largo paseo, junto al tranquilo océano. Mi amigo Andrés es el pesimismo analítico y apenado. Más lírico que firme. Más épico que estoico. Le conozco tan bien…
Hoy Andrés se ha puesto melancólico. «¿Te acuerdas?» -me dice- «cuando éramos felices comiendo un simple bocadillo de Nocilla ahí en la orilla» Yo asiento y él sigue hablándome: «Cuando las tardes de verano duraban una eternidad, cuando esperábamos durante horas, ansiosos y felices, haciendo la digestión para poder bañarnos» No le contesto. No le digo nada pero, claro que me acuerdo, Andrés. Tanto como tú. Los veranos me enfrentan cada vez más a lo que fui.
Andrés, en su conversación, me repite cosas que ya me ha dicho en otras ocasiones. Esto me pasa con casi todos los amigos que se ponen melancólicos. La melancolía implica repetición, insistencia, reanudación. Llega un momento en que los amigos te repiten las cosas porque quizá ya no tengan nada nuevo que decirte. Me desconcierta siempre, ignoro por qué, la melancolía en los amigos.
La playa está tendida y entregada. Es nuestra. (Más bien, fue nuestra) Hay un agasajo del agua en nuestros pies, luz ya otoñal que es lo que nos lleva y nos trae del presente al pasado, del pasado al presente. Hemos llegado ya a un extremo de la playa. Nos detenemos ante un inmenso acantilado. Andrés ha enmudecido como si el hecho de que tocara dar la vuelta implicara callarse y tras un largo rato me dice: «¿Recuerdas lo mucho que duraban los días de verano de la infancia?»
Sin duda, Andrés ha hecho de la melancolía una gran orfebrería. Damos media vuelta y comenzamos a desandar el camino recorrido. Él dirige su mirada al horizonte y musita, casi para sí: «Lo echo mucho de menos, tío… cuando todo me llenaba, cuando no tenía preocupaciones, cuando era, cuando era… putamente feliz»