jueves, 9 de octubre de 2008

COLUMNA 27

COLUMNA 27
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Hoy, ésta:
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Mis vecinos
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Los vecinos, cómo envejecen los vecinos, aquellos vecinos ancestrales que me han acompañado eternidades en el ascensor, en la cola de la droguería de mi barrio o en el portal, esperándome para que no se me cerrase la puerta... Son mis vecinos; los cuido, los saludo y los ordeno como libros que tienen siempre historias que contar. Las parejas sentimentales aparecen y desaparecen: los vecinos no. Siempre están ahí.
Confieso que de algunos no sé el nombre. Pero sé, sin querer saberlo, dónde está cada uno lo mismo que ellos saben donde me encuentro en cada momento, porque el paso de la vida es un irse convirtiendo en entomólogo de vecinos. Los hay lentos y callados; los hay alegres y conversadores que siempre aprovechan el viaje del ascensor para informarte de lo bueno o de lo malo que hace. Puedo encontrarme en el ascensor con uno de ellos, saludarlo, mirarlo a los ojos y saberlo todo de él. Qué haría yo sin ellos, sin ese entramado grácil de situaciones que construyen cada día.
Uno no valora como debiera a toda esa marea silenciosa de los vecinos: su ausencia en la noche; su olor paradójicamente familiar; ese efluvio de confianza que rodea y merodea la vida. Cuando los tengo tan próximos en el ascensor, se distribuye su olor, su química y su templanza por todo mi cuerpo. Me impregno de ellos. Y basta un breve e insignificante comentario para que yo aprenda más con ellos de la vida, del mundo, que en todos los libros de Nietzsche y Kant juntos.
Y cómo se adensa el ascensor cuando entran a él contigo; son la tripulación efímera de un viaje fugaz que se repite a diario. He descubierto que el eterno retorno no es más que eso: un ir coincidiendo con vecinos. Cuando el ascensor se convierte en esa embarcación ¿adónde va? ¿Hacia dónde nos dirigimos con ellos? Bajel de la cotidianidad, nave mágica, buque alto y fresco en donde las bolsas de la compra se entrechocan y aplastan, en donde se adensa la vida como un fruto y en donde pareciera que fuera a suceder algo imprevisible.
Sí. Mis vecinos: la hija de la Pili, Juanín, la Lines o ”la del cuarto izquierda”; qué catarsis lingüística, qué misterio insondable el que germina al decir: “la del cuarto izquierda”…
Uno, en el fondo, no quiere escapar a sus vecinos. Los que vivimos en un bloque hemos tenido la suerte de tenerlos. Además, siempre se es vecino de alguien; de uno mismo o de otros, qué mas da.
Se es vecino, siempre.

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