miércoles, 15 de julio de 2009

COLUMNA 53

COLUMNA
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Hola gente. Hoy me publican esta columna que trata sobre el materialismo mal entendido. Espero que os guste, estéis o no de acuerdo con mis puntos de vista.
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Materialismo

Me sorprendo cuando desde diferentes medios se califica de materialista a nuestra sociedad, cuando se la tacha de materialista enfangándola en el mero egoísmo, en la carencia de una moral que la vincule a cualquier circunstancia concreta del mundo real.
Este fenómeno, digo, me sorprende porque es innegable que lo que impulsa a nuestra sociedad es precisamente un profundo asco, un contundente rechazo y desinterés por la materia. Y es desde esta inquina hacia lo matérico desde donde se pretende superar nuestra mortal y precaria materia corporal humana mediante lo ilusorio, que en realidad es lo que más caracteriza a sociedades como la nuestra.
Sin embargo con un sofisticado ejercicio de trilería lingüística postmoderna se hace un jibarismo de las expresiones materialismo o materialista para despojarlas de su denotación y hacer malabarismos reduccionistas con sus connotaciones. De modo que no estamos hablando de materialismo sino de codicia y utilitarismo.
Si nuestras sociedades se interesan por la materia es para aderezarla de idealismo mediante la publicidad televisiva y los materiales artificiales. Por no hablar de la insufrible realidad virtual, internet, Google Earth… verdaderos métodos de representación sustitutivos de la materia que somos y nos rodea.
Jorge Riechmann en su libro Resistencia de materiales lo dijo mejor que nadie: «¿El mundo está enfermo de materialismo? ¡Por favor! Si algo nos falta es amor por la materia, por la pobre materia real que es la nuestra, la de este concreto mundo amenazado que habitamos, desde esos vulnerables cuerpos materiales y hablantes que somos»
Walter Benjamin ya dijo que sin las cosas materiales no existirían las cosas espirituales. Porque, nos guste o no, hay una profunda vinculación entre lo alto y lo bajo de los valores y necesidades del ser humano. Lo pecaminoso no es verse arrastrado por los más bajos instintos sino el no acompañarlos de su complementario innegable: la espiritualidad.
El error está en la tan socorrida trascendencia, que no es más que pura enajenación y fuga absurda de la materia. Vivimos bombardeados por multitud de ofertas que nos prometen destinos trascendentes. La verdadera trascendencia habría que buscarla en nuestras células, en todas y cada una de nuestras pequeñas y juguetonas biomoléculas.
Por el amor de Dios, lo que necesitamos en un mundo como el nuestro es, ante todo, materialismo.